Retrato del artista como saltimbanqui

Jean Starobinski (Ginebra, 1920), figura de enorme prominencia intelectual, publicó por primera vez en 1970 este seductor ensayo, que ¡por fin! se traduce al castellano. Historiador de la literatura y psiquiatra, el autor ha explorado en sus libros y en su enseñanza universitaria diversos campos del saber, entre ellos, y con gran predicamento, las artes plásticas. 1789, los emblemas de la razón (1973) es un título obligado para cualquier estudioso de las transformaciones artísticas entre el Neoclasicismo y la modernidad romántica, al igual que su La invención de la libertad (1964). Cuando aquí considera la figura del artista, en el tránsito del siglo XIX al XX, bajo el disfraz revelador del payaso y el saltimbanqui, está trasladando sin duda su interés por la gran dolencia del alma moderna, la melancolía, la historia de cuyo tratamiento fue el motivo de su tesis doctoral en Medicina. Pero Staronbinski no es uno de esos psiquiatras que todo lo entienden como patología: su análisis parte del dibujo que hace de la figura del clown la literatura de la época, con Gaultier, Banville, Mallarmé, Flaubert o Baudelaire como máximos exponentes.

Su tesis es que, frente a la creciente industrialización, a la vida gris de las ciudades, los artistas -escritores y pintores- ven el circo como reducto deslumbrante de ilusión, libertad y espontaneidad. La mitología clásica ha sucumbido, y los nuevos héroes, los arquetipos con los que pueden identificarse, son ahora “hiperbólicos y deformantes”. Los acróbatas y los payasos son, como ellos, seres excluidos de la sociedad, ocultos bajo máscaras y maquillajes, y, a la vez, como lo plantea Mallarmé, alejados de un ideal que es ya imposible. El saltimbanqui es el equivalente del poeta, que desafía la gravedad, y maneja el lenguaje con agilidad de impulso vertical. Banville, en sus Odas funambulescas, de 1857, expresa esa atracción del abismo de lo alto: “Plus haut! plus loin! de l’air! du bleu!/ des ailes! des ailes! des ailes!”. El artista/acróbata camina “sobre las frentes de la multitud”. La ligereza es también el don de la bailarina. Pero ella es, como la funambulista, una peligrosa seductora; la danza, recuerda Starobinski, es símbolo de lujuria en la Edad Media, y el hombre, que se siente ahora desposeído de su dimensión corporal por el trabajo, ve en estas mujeres que ejercen un fascinante control sobre sus cuerpos a diosas de la plenitud vital. La miseria carnal que refleja Daumier frente a la rotundidad del desnudo en el Desayuno en la hierba de Manet. El payaso torpe frente a la pizpireta bailarina.

FUENTE: EL Cultural 

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