Huye Enrique del Toro a Francia ( Época musulman en España )

La batalla de Covadonda (722)

 Cuando Witiza era todavía heredero de su padre (el rey Égica) vivía en Tuy, en el antiguo reino de los Suevos, que ocupaba más o menos lo que hoy es Galicia y el norte de Portugal. El jefe de la guardia de Witiza era un tal Pelayo hijo del duque Fávila de Cantabria.

Witiza se encaprichó de la esposa de Fávila y madre de Pelayo. Con el fin de conseguirla mató a su marido de un bastonazo en ausencia de su hijo. Cuando este regresó Witiza quiso sacarle los ojos. Pelayo consiguió escapar y se refugió en sus tierras familiares de Cantabria. Nunca volvió a la corte pero tampoco los sicarios de Witiza se atrevieron a perseguirle allí.

 Don Pelayo tal vez, no hubiera pasado de ser un refugiado más que colaboró con los musulmanes, si no fuera por la ofensa que un gobernador árabe, de nombre Munuza, perpetró en la persona de su hermana.

Munuza se había instalado en Gijón tras abandonar su habitual sede en León, cuando envía a Pelayo a Córdoba – tal vez en calidad de rehén – mientras mete a su hermana en su harén.

 Sin embargo, en el verano de 717, Pelayo logra fugarse, regresa a sus tierras y rescata a su hermana. Munumusa acusa a Pelayo ante Tariq de querer sublevarse y el general envía una partida de tropas para capturarlo.

 Avisado del peligro, Pelayo huye a las montañas. En su camino se cruza el río Piloña, – conocido después como el Rubicón de la Reconquista – “que venía muy crecido y arrebatado”. Pelayo lo atraviesa, lo que no pudieron hacer sus perseguidores.

 Pelayo alcanza el valle de Cangas de Onís, en el que ya había vivido, y allí “toca tambor y levanta estandarte”.  A aquella asamblea que se celebró en la primavera del año 718, acuden no solo visigodos, sino numerosos astures, escasamente romanizados.

 Durante los cuatro años siguientes, Pelayo intenta atraer a su causa a la nobleza visigoda, así como a Gallegos y Cántabros. Además “con deseo de acreditarse corría las fronteras de los moros, acudía a todas partes, robaba, cautivaba y mataba”.

 El nuevo emir, enviado a Córdoba en 721 por el Califato de Damasco, Anbasa ibn Suhaym-al-Kalbi, decide que la revuelta de aquel bandido, de aquel “asno salvaje” ya ha durado demasiado.

 No se sabe el número de soldados que Anbasa envía, pero sí que otorga el mando de la expedición a uno de sus mejores generales, el beréber Alqama, al que acompaña uno de los traidores de Guadalete, el obispo de Sevilla, don Opas, hijo de Witiza.

 Alqama usa las vías romanas para penetrar en Asturias, Llega a Cangas y, fiado de su fuerza, decide perseguir a su enemigo hasta lo más profundo de los picos de Europa.

 La llegada de las huestes sarracenas causa un escalofrío entre los seguidores de Pelayo. Sin embargo, con sangre fría, el caudillo astur decide presentar batalla ese mismo día, el 28 de mayo de 722, y distribuye sus tropas del siguiente modo: Unos centenares (tal vez un millar) en una espaciosa cueva en el monte Auseva – llamada cova dominica, cueva del señor o Covadonga – que llena de provisiones y armas arrojadizas. El resto diseminado a la izquierda de la marcha de la columna árabe, que en este terreno angosto era incapaz de maniobrar.

 Buen militar como era, y consciente de que este terreno no le es propicio, Alqama intenta la negociación y envía al obispo don Opas a parlamentar con Pelayo. Este rechaza la propuesta del traidor.

 Desde la altura de la posición cristiana se tiran piedras, saetas y dardos que minan rápidamente la moral de los atacantes. En pleno fragor de la batalla, en el que solo puede intervenir la vanguardia musulmana por la estrechez del terreno, Pelayo da la orden al resto de las tropas cristianas para abalanzarse sobre un punto determinado de la columna enemiga, consiguiendo dividir en dos al ejército invasor, que finalmente sale huyendo.

 La retaguardia retrocede en tropel hacia Cangas, pero los habitantes de la zona, que los han visto subir, cargan entonces contra ellos y, desde los peñascos que bordean el camino, causan aún más mortandad.

 En cuanto a la vanguardia y parte del centro de la columna, no les queda más remedio que una huida hacia delante. El desconocimiento del terreno y la necesidad de llegar a territorio amigo les lleva a la Garganta del Cares y a los aledaños del Naranjo de Bulnes, desde donde alcanzan los puertos de Aliva y por fin Cosgaya, lugar en el que sufren un masivo desprendimiento de tierras que causó la ruina a la mayor parte.

 Alqama murió durante la refriega y don Opas fue hecho prisionero. Seguramente fue ajusticiado poco después.

 El último capítulo de la derrota lo vivió el propio gobernador Munuza que, enterado del resultado de la contienda, decide retirarse a los llanos de la meseta. Tal vez engañado por sus guías astures sube por el valle del Trubia, que no puede superar. Gira entonces hacia el valle de Olalies, pero allí le aguarda un ejército cristiano que carga contra sus fuerzas desbaratándolas fácilmente. Munuza muere durante el combate con lo que la afrenta quedó vengada.

 En los años siguientes don Pelayo no solo se fortifica en Asturias sino que baja a los llanos y allí trabaja a los pueblos sujetos a los moros: roba y pone a sangre y fuego todo lo que se le ponía por delante.

 Incluso reúne una aguerrida mesnada con la que toma León, años más tarde. No se sabe cuando, se proclama rey y muere en 737.

 De esta manera se instaura un reino cristiano, germen de España, y se detiene la expansión árabe, ya que, de no haber sufrido esta derrota, los musulmanes hubieran acometido la invasión de Francia de otro modo, de forma que la batalla de Poitiers (732), en la que el emir Al-Gafiqi cayó bajo los francos comandados por Carlos Martel, tal vez hubiera tenido un resultado muy distinto.

 El Califato de Córdoba

 En el año 750 Abul-Abas da un golpe de estado, asesina a los miembros de la dinastía Omeya y se convierte en el nuevo califa de Damasco iniciando la dinastía Abasida que traslada la capital de Damasco a Bagdad.

 De la matanza, solo sobrevive un Omeya, llamado Abderraman que huye hasta llegar a territorio español. En el año 756, tras vencer a los funcionarios del califato abasi en Al Andalus, se proclama emir de Córdoba. Aunque reconoce la existencia de un único califato, lo cierto es que se considera políticamente independiente, sentando las bases de un poder musulmán español que derivará en el califato independiente de Córdoba.

 En el año 777 el gobernador árabe de Zaragoza, Sulayman, solicita la intervención de Carlomagno para independizarse de Córdoba. La intentona fracasa porque los conjurados cambiaron de parecer y Carlomagno halló cerradas las puertas de Zaragoza. Durante el regreso la retaguardia de su ejército, mandada por Rolando fue atacada y destruida en el paso de Roncesvalles (778). Aunque este hecho se presenta como una lucha entre cristianos y musulmanes, existe bastante acuerdo en que los vascos debieron ser los únicos o principales responsables de la tragedia.

 A su muerte Abderraman I ha conseguido mantener el poder sobre la base de un ejército de mercenarios beréberes y de una estructura administrativa controlada por parientes y clientes de los Omeya.

 Su hijo, Hisam (Hixem) I (778-796) se mantiene en el poder con una paz relativa.

 El hecho de que no abordara las grietas considerables de un sistema carente de verdadera cohesión tiene consecuencias fatales para el reinado de su hijo Al-Hakam I (796-822). Zaragoza, Toledo y Mérida se convierten en focos de revuelta contra un poder considerado injusto por los muladies o hispanos convertidos al Islam, que teóricamente debían gozar de los mismos derechos que los musulmanes de origen árabe.

 Al-Hakam opta por la represión pero el mantenimiento de los mercenarios le obliga a subidas de impuestos que provocan episodios como el “motín  del arrabal” de Secunda (Córdoba) en 818, que ocasiona la muerte y destierro de millares de personas.

 Fruto de la desesperación se desata una oleada de fervor que arrastra a muchos mozárabes hacia la búsqueda del martirio voluntario. Conseguir el martirio era fácil: Bastaba pronunciar en público algunos insultos contra Mahoma y su doctrina lo que conducía a la decapitación inmediata. El emir Abderraman II(822-852), que veía con disgusto estos incidentes, logró que se reuniera un concilio que declaró no ser aquellos auténticos mártires sino más bien suicidas.

 Durante el reinado de Muhammad I (852-886) los movimientos secesionistas se multiplican. Al Toledo, sublevado con el apoyo astur-leonés, se suma la aparición en el valle del Ebro de los Banu Qasi, una familia muladí, harta de padecer discriminación, cuya cabeza, Musa ibn Musa, se designa a sí mismo rey de España. En 868 otro muladí, Ibn Marwan, se alza contra el emir, esta vez con el apoyo de Alfonso III.

 El norte de África era importante para la recluta de soldados y la recepción del oro de Sudán. Sin oro no se podían acuñar los renombrados dinares y sin estos no se podían pagar tropas mercenarias. La crísis del califato de Bagdad, suplantado en el norte de África por los fatimitas, chitas heterodoxos, permitió al emir Abderraman III (912-961) proclamarse califa en el año 929. Había nacido el Califato de Córdoba.

 La inacable lucha por reprimir disidencias, comprar fidelidades, armonizar grupos sociales que convivían sin voluntad de unidad, impidió a los emires prestar atención a lo que ocurría en las lejanas fronteras del norte. Aún no se percibía el peligro y los emires se limitaban a enviar muy de tarde en tarde alguna expedición de castigo. En el ángulo noroeste el desinterés de los andalusíes era total; no les interesaban aquellas tierras húmedas y frías, buenas para acoger mozárabes perseguidos, pero no árabes refinados.

Nacen los reinos de Galicia, Asturias, Castilla y León.

 Los rebeldes capitaneados por Pelayo tenían el claro propósito de continuar la sociedad española que había existido bajo los visigodos.

 Alfonso II (791-842) ya intenta configurar su reino de acuerdo con los patrones de la España goda. Fija la capital en Oviedo dotándola de una corte palatina. El descubrimiento de un sepulcro identificado con Santiago apóstol se suma al afán de reconquista del “territorio nacional”

 Pese a todo, quien dio más impulso a la Reconquista es Alfonso III (848-910), cuya decisión fundamental es recuperar y repoblar el valle del Duero.

 El plan expansivo de Alfonso III se orienta en tres direcciones. Las dos extremas, oriental y occidental, dan lugar a los territorios de Portugal y de Castilla. En el centro municipios como Toro y Zamora marcarán el precedente para una repoblación que llegaría hasta el valle del Tajo.

 Por primera vez desde la invasión, el emir de Córdoba se ve obligado a pedir la paz, concertándose una tregua por tres años, que no es respetada. Alfonso III lleva a cabo una expedición de castigo que le lleva hasta Mérida. El emir cordobés se ve obligado a firmar la paz en 883. Para entonces Castrojeriz, Burgos o Álava son territorios reconquistados.

 Alfonso III, llamado el Magno, es la clara evidencia  de que los cristianos vivieron desde el inicio el proyecto de recuperar la unidad española. Es significativo que no se hiciera denominar rey de Asturias sino “Rex Totius Hispaniae”.

 El rey fallece en Zamora (910), al regreso de una expedición victoriosa contra los musulmanes. Sufría entonces la amargura de que sus hijos se habían rebelado contra él. A su muerte su reino es dividido entre Ordoño en Galicia, Fruela en Asturias y García en Castilla.

 Fernán González independiza el condado de Castilla del reino de León en 946.

Almanzor

 Era más fácil y rápido llamarle Almanzor que Abu Amir Mohamed ibn Amir al-Maiafiri, su verdadero nombre. Almanzor, o sea Al-Mansur, que significa el victorioso de Alá, es un alias perfectamente apropiado para quien propinó a los cristianos unas cuantas palizas en el terreno militar.

 Alhakem (Al-Hakam) II heredó de su padre, Abderramán III, un Estado sólido y próspero. No era hombre belicoso. Su personal inclinación le llevaba al mundo de las letras, la música y la poesía. A los esplendores del palacio de Medina Azahara (joyas, marfiles, tapices) edificado por su padre en la sierra cordobesa añadió la mayor biblioteca que existía entonces en occidente.

 Este hombre culto y bien intencionado se dejó enredar en una intriga palaciega cuyo resultado fue nombrar un heredero incapaz  que sería juguete de su madre y de su favorito Abu Amid Muhamad, luego condecorado como Al Mansur.

 La sultana y Almanzor prescinden pronto del nuevo califa, Hisham o Hixem II, con el motivo de que quería renunciar a toda actividad política para dedicarse unicamente a la meditación y las prácticas religiosas. Desde 976, cuando tiene 37 años, el caudillo Almanzor gobierna en Córdoba.

 En el año 979 es elegido primer ministro. Cuando acabe su vida habrá efectuado 50 campañas victoriosas contra sus enemigos.

 En el año 997 saquea Santiago de Compostela. Vuelve a Córdoba acompañado de cautivos cristianos que cargan sobre sus espaldas las puertas de la ciudad y las campanas de su catedral. Las puertas son utilizadas para la techumbre de una mezquita y las campanas como lámparas.

 Sin embargo es atacado por las tropas cristianas de los reyes de León, Navarra y Castilla que le infligen una grave derrota en Calatañazor. Algunos historiadores, entre ellos los árabes, niegan la batalla. Otros la consideran una escaramuza. El caso es que Alamanzor, a los 63 años, muere en Medinaceli como consecuencia de las heridas recibidas (1002).

 Su desaparición conduce al derrumbe del Califato de Córdoba y al nacimiento de los reinos de Taifas.

 Su primer hijo, Abd-al-Malik, mantiene el esplendor de los Omeya que hizo de Córdoba la ciudad más poblada, y quizás la más prospera y cultivada de Occidente.

 A su muerte en 1008 surge un cisma entre los partidarios de los Omeyas y los de la nueva dinastía creada por Almanzor, situción muy confusa por cuanto Almanzor nunca derrocó de modo expreso a los Omeyas.

 El palacio de Almanzor, la Alamiriya, parecido a Medina Zahara anque más pequeño, fue saqueado y destruido. Luego toco la misma suerte a Medina Zahara.

 Siete años después de la muerte de Almanzor se inicia en el Andalús una guerra civil que dura más de 20 años. El Califato se divide en más de 30 estados independientes, conocidos como reinos de Taifas. Como consecuencia Al Andalus pierde su unidad política y los reinos cristianos se convierten en árbitros de las disputas entre musulmanes. Su unidad política no se recobrará hasta la llegada de los almorávides.

 La escasa vocación guerrea del musulmán español le situaba ante una disyuntiva. Comprar la paz pagando parias o comprar la guerra pagando mercenarios. Los emires y califas habían elegido la segunda alternativa; los reyezuelos de Taifas prefirieron la primera con pésimos resultados.

Se configuran los reinos medievales

 Mientras el califato de disgrega, el rey de Navarra, Sancho el Mayor (Sancho Garcés III, 1000-1035) consigue extender su influencia a toda la España cristiana, desde los condados catalanes hasta el reino de León. Pero en su testamento repartirá sus dominios entre sus tres hijos. García de Nájera le sucede en Navarra, Ramiro recibe el condado de Aragón y adopta el título de Rey, y Fernando recibe Castilla que había sido convertido en reino.

 El rey don Fernando I hereda también el trono de León por su esposa doña Sancha, a la muerte sin sucesión de su cuñado Bermudo III (será la primera unión de Castilla y León).

 A todo esto, los condados catalanes se enmarcan en la denominada Marca Hispánica. Francos o gentes de Barcelona, les llamaban en los otros reinos peninsulares, pero los francos les llaman hispanos.

 El sentimiento catalán se forma por la oposición a francos y musulmanes. El primero de los condes de Barcelona fue Wifredo I, el Velloso (Gifré, el Pelós) (874-897). El Pelós, inicia una dinastía que consigue independizarse de la monarquía carolingia con Borrell II (947-992), pues se niega a rendir vasallaje al monarca franco, Hugo Capeto; Ramón Berenguer I (1035-1076) consigue crear Cataluña, ya que aglutina bajo la autoridad del Conde de Barcelona todos los otros condados, configurando de esta manera el principado en ciernes. En lo referente a la legislación civil, manda recopilar (1068) los usos y costumbres de Barcelona en un códice llamado en latín Usatici, que, traducido al catalán con el nombre de USATGES, regula las relaciones entre señores y vasallos.

 Todos los nuevos reinos y condados continúan su lucha por extender sus territorios y fuerzan a muchos de los reinos de taifas a pagar tributo. Esto, unido a la mejoría económica por la entrada de peregrinos que recorrían el camino de Santiago, refuerza la situación de prosperidad de los reinos cristianos.

El Cid

 Rodrigo Díaz nace en Vivar, a 10 Km de Burgos, hacia 1043, hijo de Diego Láinez, de familia aristocrática. El futuro Cid campeador está emparentado con la dinastía gobernante de suerte que, de jovencito, es puesto al servicio de Sancho, hijo mayor del rey Fernando I el Magno, y por lo tanto su heredero.

 Ya en 1063, con apenas 20 años, interviene en la toma de Graus (Huesca) contra las mesnadas aragonesas.

 Al morir el rey Fernando I (1065), divide el reino entre sus hijos. Al segundón, Alfonso, el preferido de su padre, le deja León, la parte más importante y representativa por ser la heredera del original reino astúr. Esto iba en perjuicio del primogénito, Sancho, a quien le dio Castilla, que, en ese tiempo era todavía un territorio de frontera sin la categoría del reino secular leonés. García recibió Galicia pero pronto fue desposeído por sus hermanos. Las hijas Elvira y Urraca fueron designadas señoras de Toro y Zamora, respectivamente, con la condición de no intentar extender estos dominios y que se atuvieran a los mandatos de los hijos varones.

 Sancho se lleva a la corte al joven Rodrigo, al que nombra alférez, el equivalente a jefe del Estado Mayor.

 Por entonces Castilla disputaba a Navarra varias ciudades fronterizas que habían pasado de un bando a otro con los continuos enfrentamientos de la reconquista. Una de las más importantes ciudades en litigio era Pazuengos, en la Rioja.

 Las costumbres medievales establecían la posibilidad de que estas disputas se dirimiesen apelando al juicio de Dios uordalía para evitar derramamientos de sangre en grandes batallas. Tales ordalías podían desarrollarse de muchas maneras, pero la más habitual era con el enfrentamiento personal, en lucha a muerte, de dos caballeros o campeones, en un lugar que recibía el nombre de liza. De ahí que entrar en liza signifique acudir a una lucha en el que se solventan violentamente intereses encontrados.

 El navarro eligió como campeón a Jimeno Garcés, un gigantón que había matado en estos duelos a más de treinta campeones. Sancho eligió a Rodrigo.

 La pelea comenzó a caballo y prosiguió con los dos hombres a pié utilizando las terribles armas de la época: mazas, hachas de guerra y una enormes espadas de combate que tenían que ser manejadas con las dos manos (por eso se llamaban mandobles). La lucha era a muerte y duró más de una hora. Al final Rodrigo asestó a su rival el golpe de muerte. Con motivo de este duelo Rodrigo recibiría el título de Campeador o Campidoctor, que quiere decir el que defiende la justicia en el campo de batalla.

 A partir de aquí Rodrigo defenderá los intereses de Castilla y de su rey en otros muchos combates parecidos, siendo especialmente celebrados el que otorgó a Sancho la ciudad de Calahorra y aquel otro en que Rodrigo dio muerte al moro Háziz, cerca de Medinaceli.

 Esta condición de campeador otorgaba a Rodrigo la de ser juez en litigios civiles en Castilla, lo que justificaría su participación en la célebre jura de Santa Gadea.

 Pronto empezaron los enfrentamientos entre Sancho, que se creía, con razón, perjudicado en el reparto hereditario, y Alfonso. En la batalla de Golpejera se encontraron los dos hermanos y Alfonso fue hecho prisionero y desde allí desterrado por Sancho, tomando el camino del reino moro de Toledo. Sancho ya había recuperado toda la herencia paterna.

 La infanta Urraca, a quién algunos historiadores han querido ver unida a su hermano Alfonso por un amor más que fraterno, niega obediencia a Sancho. Este pone sitio a la cuidad de Zamora.

 Como el sitio se prolongaba, Sancho atiende la sugerencia que le hace un individuo procedente del interior de la ciudad. Vellido Dolfos le propone utilizar un portillo disimulado en la muralla para que un selecto grupo de hombres penetrara en la ciudad y abriera las puertas principales al grueso del ejército.

 Sancho quiso comprobar él mismo la existencia de aquel postigo – desde entonces llamado portillo de la traición – y salió del campamento sin más acompañante que Vellido.

 Cuando ambos recorrían de noche la muralla, al rey castellano le acometió una necesidad fisiológica y se apartó un poco para aliviarla. Este fue el momento aprovechado por Vellido para asestarle una puñalada por la espalda (una muerte indigna para cualquiera y más para un rey).

 Alfonso recibió la noticia de la muerte de su hermano en su residencia toledana llamada la Huerta del Rey. Se reunió con su hermana en Zamora, desde donde acudió a León para ser coronado. Luego ambos se dirigieron a Burgos para hacer lo mismo en el reino de Castilla.

 Sin embargo, en esta última, los nobles no estaban muy dispuestos a aceptar de buen grado al nuevo rey, cuando pesaba sobre él la sospecha de haber sido el instigador del asesinato de su hermano. De acuerdo con las leyes visigóticas vigentes en Castilla era necesario que el rey prestara un solemne juramento que le librara de esa responsabilidad. A Rodrigo, en su calidad de magistrado de Castilla y campidoctor, le correspondía tomar ese juramento.

 Las costumbres establecían que estos juramentos debían tomarse en unas iglesias especialmente destinadas para ello, las iglesias juraderas. Una de estas era la de Santa Gadea, situada en la misma ciudad de Burgos.

 No parece que la enemistad de Alfonso contra Rodrigo proceda de esta toma de juramento. Alfonso le confirmó inmediatamente en todos sus cargos y además le entregó por esposa a su sobrina Jimena Díaz. Los motivos fueron las inquinas de algunos cortesanos leoneses, especialmente la familia García Ordoñez, procedente de Carrión de los Condes, además de la personalidad de Alfonso, proclive a la envidia contra quienes destacaban y a dejarse adular por los mediocres.

 La rivalidad entre el burgalés y el conde García Ordoñez, llamado boca torcida, hace que este presione al rey para desterrar a Rodrigo. Corre el año 1081, el Cid tiene entonces casi 40 años, está casado con doña Jimena, mujer de la nobleza, y tiene dos hijas y un hijo. A las hijas la literatura les dio el nombre de Elvira y Sol, aunque se llamaban en realidad Cristina y María. El hijo Varón se llamaba Diego Rodríguez y murió en la adolescencia en Consuegra mientras luchaba contra la morisma en las huestes de Alfonso VI.

 El destierro llevaba aparejado la incautación, a favor del tesoro real, de todos los bienes del desterrado. Rodrigo deja a su familia en el monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña y sale de Castilla arruinado, acompañado de unos pocos caballeros e infanzones que le mantuvieron fidelidad, internándose en tierras moras.

 Ante esta tesitura el Cid se ve obligado a ganarse el sustento de la única forma que sabe: alquilando su brazo armado a árabes y cristianos, comportándose como un mercenario. Especialmente provechosas fueron sus relaciones con Al-Mutamin, rey árabe de Zaragoza, y posteriormente con su hijo Al-Mustain.

 En 1085 Alfonso VI toma la ciudad de Toledo (y de pasada una pequeña villa llamada Magerit o Madrid) y desplaza la línea de la reconquista hasta el Tajo, lo que produce una gran convulsión en todo Al Andalus. Los reinos musulmanes piden ayuda a los Almorávides.

 Los Almorávides eran tribus camelleras del Sahara a quienes Abdala Ibn Yasim había caldeado con su celo religioso, duro y fanático hasta un extremo increible. Avanzan por el sur de la península y llegan hasta Sagrajas (Toledo) donde derrotan a los cristianos (batalla de Zalaca: 1086). El rey Alfonso ve las orejas al lobo y pide ayuda a Rodrigo, lo cual significa reconciliarse con él y levantarle la pena de destierro.

 Los almorávides siguen avanzando por el levante, toman la fortaleza de Aledo (Murcia) y van comiendo terreno cristiano bocado a bocado (Denia, Játiva, Alcira) hasta quedarse a solo 36 km. de Valencia.

 A todo esto el rey de la ciudad, Al Qadir, tributario del Cid, ha sido depuesto por un notable llamado Ibn Yahhaf, apoyado por lo almorávides. Rodrigo se dirige contra Valencia, impone un férreo bloqueo y la ciudad se le rinde en 1094.

 La ciudad es una isla en medio de territorio enemigo. Durante los cinco siguientes el Cid Campeador tiene que hacer frente a varios ataques almorávides de los que consigue salir airoso. La ciudad cae solo cuando el caballero cristiano fallece, en la cama, en 1099.

 En el año 1098, Rodrigo casa a sus hijas, no con los infantes de Carrión como relata el poema, sino con los más nobles personajes: Cristina con el infante, luego rey, Ramiro de Navarra. María con el conde Berenguer IV de Barcelona. De esta forma su sangre entró a formar parte de las dinastías españolas que terminaron uniéndose en los Reyes Católicos.

 Una de las victorias más brillantes del Cid es la del Cuarte. Se enfrenta a un poderoso ejército de almoravides que los cronistas de la época cifran en unos 50.000 hombres. Acampan en la llanura del Cuarte. Al cabo de 10 días de guerra psicológica, la caballería cristiana sale de la ciudad. En primer lugar, y de forma repentina, sale un numeroso cuerpo del ejército. Los almoravides creen que el Cid cabalga al frente y concentran sus fuerzas para frenar la cuña de hierro y lanzas que se abalanza contra ellos. Por otra puerta sale el Cid con un grupo menos numeroso y cae sobre el campamento almorávide indefenso. La derrota es espectacular y hace añicos el mito de la inexpugnabilidad de los almoravides. La espada de su jefe Yusuf Ibn Tasufin pasa a manos del Cid quién la bautiza con el nombre de Tizona.

 En sus 56 años de vida combatió más tiempo a favor de los árabes que de los reyes cristianos.

Siglo XII

A mediados del siglo XII, la Reconquista había experimentado un notable avance, tanto en Castilla como en Aragón. Pero Alfonso VII (1126-1157) de Castilla divide el reino entre sus dos hijos, Sancho III de Castilla y Fernando II de León, con lo que se inicia un periodo de rivalidad entre los dos reinos.

Mientras Portugal (1143) y Navarra afianzan su independencia, Aragón y Cataluña se unen en 1137 por el compromiso de matrimonio entre la heredera del reino de Aragón, Petronila, que solo contaba dos años de edad, y el conde catalán Ramón Berenguer IV (1131-1162) que había heredado los condados catalanes a excepción del de Provenza y las tierras del otro lado de los Pirineos que correspondieron a su hermano Berenguer Ramón (su padre debió reírse mucho poniendo nombre a sus hijos).

Ramón Berenguer prometió respetar los fueros, usos y costumbres aragoneses y solo detentó el título de Príncipe de Aragón, nunca el de rey. Obtuvo notables éxitos en la guerra contra los musulmanes extendiéndose por el valle del Ebro.

Petronila, que siempre había delegado las tareas de gobierno en su competente marido, queda viuda a los 28 años y abdica en su hijo primogénito Ramón Berenguer. Este, en memoria de su tío Alfonso I el Batallador, rey de Navarra y Aragón, adopta el nombre de Alfonso II. Solo tiene 12 años.

La batalla de las Navas de Tolosa (1212)

A comienzos del siglo XIII los reyes cristianos se enfrentan a un nuevo intento de invasión procedente del norte de África: Los almohades. Se trata de fundamentalistas más aguerridos  y mejor organizados que los almorávides que venciera el Cid. No proceden del desierto como los almorávides sino de las montañas del Atlas.

Su fuerza estaba constituida de 300.000 soldados almohades y 160.000 voluntarios de Al Andalus. Su llegada obedece en parte a las enormes expectativas de botín y en parte al impulso integrista que pretendía llevar a los musulmanes hispanos a una práctica más profunda de su religión.

En 1195, los Almohades vencen a Alfonso VIII de Castilla en Alarcos.

En 1208, los reyes de Castilla (Alfonso VIII), Aragón (Pedro II el católico), y Navarra (Sancho VII el fuerte) se alían para conjurar la amenaza y hacer frente a la imponente fuerza sarracena que avanza desde el sur. Eran unos 100.000 españoles frente a 400.000 almohades.

El 20 de junio de 1212, la fuerza aliada, al mando de Alfonso VIII (1155-1214) abandona Toledo y se encamina al encuentro del emir de los almohades, Mohamed I, el Miramamolín de las crónicas cristianas.

Cuatro días después cae en manos de los aliados el castillo de Malagón, y el día 27 Sancho de Navarra (1154-1234) se apodera de Calatrava.

Cuando Alfonso VIII se halla en Alarcos recibe la noticia de que los almohades se encuentran en las Navas de Tolosa (Jaén).

La vanguardia de Alfonso VIII intenta abrirse paso a través del desfiladero de Losa pero un nutrido número de saetas disparadas por las fuerzas magrebíes se lo impide. El obstáculo es tan insalvable que se celebra un consejo de guerra en la tienda del rey de Castilla en el que la mayoría es partidaria de la retirada. Los reyes de Castilla y Aragón abogaban por intentar forzar el paso ya que lo contrario equivalía a entregar la victoria sin combate.

Esa noche un pastorcillo se acerca al campamento cristiano afirmando que tiene un mensaje importante para el rey Alfonso. El zagal, llamado Martín Halaja, dice que conoce un sendero por donde podía pasar el ejército sin ser visto por las fuerzas del enemigo. Una vez remontada la cumbre, contemplaría a sus pies una llanura donde podría librar la batalla.

A la mañana siguiente las fuerzas cristianas coronan la planicie. Aquel cambio de situación sorprende a Miramamolín, que intenta entablar combate antes de que la situación se deteriorara más. Sin embargo las fuerzas cristianas rehusan pelear, en parte porque estaban agotadas. Lo mismo sucede al día siguiente porque es domingo y los cristianos debían respetar el día sagrado.

Al alba del día 16 de julio de 1212 los ejércitos cristianos se dirigen a la lucha, formados en cuatro grupos. En las alas, el rey de Navarra, Sancho VII, y el rey de Aragón, Pedro II (1177-1213).

El primer choque es violentísimo, y los almohades logran romper las primeras filas cristianas. El contraataque de Alfonso VIII no solo contiene a las fuerzas almohades sino que incluso quiebra sus líneas.

Combatiendo con especial dureza las tropas de Alfonso VIII llegan hasta la tienda del caudillo musulmán, una posición estratégica, en apariencia inexpugnable ya que está defendida por un millar de negros encadenados entre sí. La primera carga castellana contra aquel erizo de lanzas fracasa. En la segunda carga idean un sistema curioso: hacer avanzar los caballos marcha atrás a fin de que coceasen al enemigo.

Estaba también a punto de fracasar este intento cuando Sancho de Navarra tiene una intervención decisiva. Se abre paso a mandoblazos entre la escolta de Miramamolín y por aquella brecha penetran los cristianos. Este episodio causa la desmoralización más absoluta en las filas almohades. Miramamolín emprende la huida y casi inmediatamente se produce la desbandada almohade.

Sancho de Navarra se apropia del tesoro de Miramamolín y coloca las cadenas de Miramamolín en su escudo. Queda abierto el camino para liberar el valle del Guadalquivir del yugo islámico y el fin de la reconquista parece decidido.

Fernando III de Castilla y Jaime I de Aragón se reparten España.

El siglo XIII es para España una etapa de logros sociales y políticos que supusieron el apogeo de la Baja Edad Media, antes de entrar en la crisis generalizada del periodo posterior.

Esta centuria encuentra un precario equilibrio entre razón y fe, conoce la elevación de las catedrales góticas y es testigo del triunfo de instituciones jurídicas que defendían democráticamente a los débiles frente a los fuertes. Es también la época de la maduración de las lenguas romances, del castellano y del catalán como vehículos oficiales de expresión, instrumentos de comunicación social y cauces para el desarrollo intelectual.

Territorialmente supone el declive del imperio almohade, la desaparición de numerosas Taifas autónomas y la reducción del espacio de dominio musulmán al montañosos reino de Granada.

La batalla de las Navas de Tolosa había reunido de nuevo a los príncipes hispanos, cristianos, de raíz goda contra el enemigo común reavivando el concepto de Spania, la herencia romana transformada por los Visigodos. Cuando Fernando solicita la ayuda de Jaime para la conquista de Murcia le llama hermano y este le responde que haría lo que estuviese en su mano “por el bien de nuestra Spania

Alfonso VIII de Castilla, vencedor de la batalla de las Navas de Tolosa, tenía una hija, Berenguela, a la que casó con Alfonso IX de León lo que pone punto final a los conflictos con este reino, hasta que el matrimonio es anulado por el Papa Inocencio III.

Fernando III (1199-1252) vuelve a reunir ambos reinos al recibir el de Castilla de su madre doña Berenguela y el de León de su padre Alfonso IX, una vez que sus hermanastras, Sancha y Dulce, le ceden sus derechos. En 1230 es aclamado como rey de Castilla y León en Valladolid, junto a su madre Berenguela y a su esposa Beatriz de Suabia. Aunque recelosos, los poderosos linajes del reino de León juran lealtad al monarca igualando sus leyes  y su feudo de vasallaje con los castellanos.

Con el reino unido, Fernando III inicia la conquista de Andalucía. Úbeda cae en 1234. Andújar, Martos, Baeza y Córdoba[6]se le rinden en 1236, y en 1244 tiene lugar la conquista de Murcia por el primogénito, el futuro Alfonso X, el Sabio, y el reparto del reino con Jaime I de Aragón. Dos años más tarde, el rey castellano se alía con el reino musulmán de Granada para tomar Jaén. Sin apenas concederse un respiro pone cerco a Sevilla que finalmente se entrega el 22 de diciembre de 1248. Allí moriría en 1252, siendo enterrado en la catedral.

Fundador de las catedrales de Burgos y Toledo, así como de la Universidad de Salamanca, fue llamado definitivamente “el Santo” tras su canonización en 1671 por parte del Papa Clemente X.

Jaime I, el Conquistador (1206-1276), Rey de Aragón, Baleares, Valencia y Sicilia, Conde de Barcelona.

En Aragón Jaime I, el conquistador, había sucedido, con solo seis años, a su padre Pedro II, el protagonista aragonés de la batalla de las Navas de Tolosa. Durante su minoría de edad tuvo que ser protegido por el maestre templario Guillermo de Monrodón, en el castillo de Monzón, porque una coalición familiar encabezada por sus tíos Sancho y Hernando quería acabar con su vida para ceñir la corona. Cuando, en 1218, jura en las Cortes de Tarragona para los condados catalanes y más tarde en Lérida para el reino de Aragón logra sujetar las ambiciones de sus tíos y vencerlos definitivamente con la toma del castillo de Albarracín.

Emparentado con el rey castellano, a través de la infanta doña Leonor, hija de Alfonso VIII y hermana de la reina doña Berenguela, hubo más entendimiento que disensiones con Fernando III de Castilla, como queda plasmado con el reparto del reino de Murcia y de varias poblaciones de Alicante.

En 1230 emprende la conquista de Mallorca que logra en poco tiempo. En la década siguiente marcha contra el rey Zaen de Valencia, que había invadido tierras aragonesas y cercado Tolosa. Pudo rendir definitivamente la plaza en 1268, tras varios intentos, aunque fue herido antes sus muros.

En 1244 Aragón y Castilla definen los límites de ambos reinos en el tratado de Almizra.

En 1266 Jaime I se apodera de Elche, Alicante y Murcia, que entrega a Alfonso X de Castilla según lo estipulado en Almizra.

El 27 de julio de 1276 muere en Valencia. Cumpliendo su última voluntad, su hijo Pedro III lleva sus restos mortales al Monasterio de Poblet (Tarragona).

A Jaime I le sucede Pedro III “el Grande” de Aragón (1240-1285) quien repartirá su reino entre sus hijos. Su hijo Alfonso III “el Liberal” (1265-1291) heredará los reinos de Aragón, Valencia y el condado de Barcelona y Jaime II “el Justo” (1259-1327) el reino de Sicilia. Alfonso III muere prematuramente y le sucede su hermano con lo que vuelven a juntarse los reinos en Jaime II.

A este le sucede su hijo Alfonso IV “el Benigno” (1299-1336) y a este Pedro IV “el Ceremonioso” (1320-1387).

Alfonso X el sabio, rey de Castilla y León.

Nace en 1220 en la ciudad de Toledo. Es hijo de Fernando III, el Santo, a quien sucede en el trono.

Alfonso X desarrollará una importante labor en el fortalecimiento de la institución monárquica. Busca sobre todo, impulsar la centralización, así como la uniformidad jurídica de sus reinos.

Al rey sabio se le atribuyen tres obras jurídicas fundamentales: el Fuero Real (1255), el Espéculo, y las Partidas.

El fuero real es un texto que fue otorgado por el rey a numerosas ciudades que pretendía avanzar en la unificación del derecho local de sus reinos, anclados hasta entonces en los particularismos.

El Espéculo es un texto concebido para que sirviese como código para los jueces.

Las Partidas, así llamadas porque están compuestas por siete partes, cada una de ellas dividida en títulos y estos en leyes, es ante todo un texto doctrinal o enciclopedia jurídica. No pasarían a ser normas jurídicas operativas hasta casi un siglo después.

Alfonso X continúa la obra de su padre en dos aspectos: En el terreno militar prosigue el avance cristiano hacia la zona sur-occidental de Andalucía, llegando a conquistar Cádiz en 1262, lo que le abre una ventana al Atlántico. Por otro lado fomenta la actividad de repoblación de los territorios ocupados. Mientras la población musulmana es expulsada de los núcleos urbanos, llegan a tierras andaluzas numerosos colonos, procedentes sobre todo de la cuenca del Duero. Los repobladores reciben casa y tierras según su condición social.

La cuestión más grave que se le plantea a Alfonso X, en lo que se refiere a sus relaciones con los musulmanes, es la revuelta de los mudéjares de Andalucía en el año 1264, conflicto que se propaga en poco tiempo a tierras murcianas.

Al final la sublevación pudo ser sofocada, pero Alfonso X tomó una medida drástica: La expulsión de todos los mudéjares del valle del Guadalquivir. Dicha decisión tuvo importantes consecuencias, tanto en el ámbito demográfico como económico, pues produjo un notable déficit en el ámbito rural. En Murcia los mudéjares fueron dominados gracias a la intervención del rey de Aragón, Jaime I el Conquistador, que era suegro del monarca Castellano-Leonés, que se había casado con la infanta Violante.

La política desarrollada por Alfonso X, el Sabio, motivó la reacción de un importante sector de la nobleza que se consideraba perjudicada. La actitud levantisca de este sector crece a partir del año 1270, llegando a su culminación en 1272 cuando un sector de los poderosos, encabezado por el hermano del rey, don Felipe, se desliga del rey castellano pasando a prestar vasallaje al rey nazarí de Granada.

Los últimos años del rey Sabio van a ser muy amargos, básicamente por el problema sucesorio. El heredero es su primogénito Fernando, conocido como “el de la Cerda”. Pero este muere en Villa Real, en 1275, cuando preparaba una campaña militar contra los granadinos.

De acuerdo con los principios establecidos en las Partidas, la línea sucesoria continúa por la línea de la primogenitura, lo que significa que el trono corresponde a Alfonso, hijo del fallecido Fernando de la Cerda. Pero Sancho, el segundo hijo de Alfonso X, alega sus derechos al trono basándose en las normas tradicionales de la sucesión.

Entre los años 1275 a 1284, los reinos de Castilla y León son testigos de un enfrentamiento entre padre e hijo. En un principio Sancho llega a ser reconocido como heredero en una reunión de las Cortes del año 1278. Pero el apoyo prestado por Aragón y Francia a la causa de Alfonso de la Cerda modifica la situación. La tensión sube de tono en 1282 y el rey Sabio deshereda a Sancho y nombra sucesor a su nieto Alfonso de la Cerda.

El rey muere en Sevilla en 1284. En su lecho de muerte perdona a su hijo el infante don Sancho.

Dos monarcas, Sancho IV el Bravo o el Fuerte y Fernando IV, reinaron brevemente antes de Alfonso XI el justiciero.

Alfonso XI (1312-1350), rey de Castilla y León

Alfonso era un joven hábil e inteligente, de carácter muy distinto al pusilánime y hedonista de su padre Fernando, o al sanguíneo cerril de su abuelo Sancho.

Había heredado a los 15 años un reino dividido por tutorías sangrientas en las que los parientes reales quisieron arrancarle la corona. Pero los consejos y la habilidad política de su abuela, María de Molina, le pusieron en el camino correcto.

Recibe el apelativo de El Justiciero porque dota a Castilla de un cuerpo jurídico unitario. Para unificar códigos dispersos y crear una justicia común, recoge la tradición legislativa de la monarquía astur-leonesa, pone en práctica las innovaciones de las siete partidas que aún no se conocían, tiene en cuenta el derecho consuetudinario de las ciudades y reordena los principios del derecho romano. Con todo ello se realiza el Ordenamiento de Alcalá, base del derecho castellano hasta el siglo XIX.

Recupera el espíritu de la Reconquista al vencer a los invasores en la batalla del Salado (Cádiz) el 30 de octubre de 1340. Por entonces los Benemerines asediaban la plaza de Tarifa. Eran un pueblo aguerrido y nómada procedente de las altiplanicies del interior de Marruecos. Habían sustituido, desde mediados del siglo XIII a los almohades en el Magreb.

Tras varios intentos castellanos por liberar Tarifa, incluida una derrota marítima que dejó el estrecho en manos sarracenas, Alfonso XI pide ayuda al resto de reinos peninsulares. Se le unen su suegro, Alfonso IV de Portugal, y n menor medida Pedro el Ceremonioso de Aragón. Además contaba con el valioso apoyo de la flota genovesa y la bendición papal: Benedicto XII declaró cruzada la campaña.

En menos de una hora la batalla se decidió. El sultán Abú Hassan se refugió en Algeciras desde donde tomó un barco hacia Ceuta. Tan solo murieron 5.000 cristianos frente a los 200.000 benimerines que dejaron su vida a orillas del Salado.

La victoria del Salado puede compararse con la de las Navas de Tolosa. De nuevo se unieron los pueblos del futuro reino de España contra el enemigo africano. La reconquista entraba en su fase final. Solo quedaba el reino de Granada.

Alfonso XI vive una auténtica historia de amor con una belleza andaluza, Leonor de Guzmán, con la que tiene 10 hijos.

Muere, víctima de una epidemia de peste durante el sitio de Gibraltar (1350). La “muerte negra” afectó a toda Europa, acabando en cuatro años con 25 millones de personas. La plaga del sigo XIV se manifestaba bajo tres apariencias, igualmente asesinas: la peste bubónica, la peste neumónica y la peste septicémica. Paradójicamente este desastre humano dio lugar a un debate entre creyentes (la medicina estaba en ese momento ligada al clero) y no creyentes antropocentristas, un primer paso de una corriente que desembocaría en el Renacimiento.

Una vez fallecido, Leonor de Guzmán cae en desgracia y una guerra cainita sacude el reino. Pedro el Cruel, hijo de la reina María de Portugal, y el bastardo Enrique de Trastamara, hijo de Leonor, luchan por el trono. Ello retrasará mucho tiempo el fin de la Reconquista.

Empieza la dinastía de los Trastamara

Alfonso XI tuvo un único hijo (Pedro) con su esposa María de Portugal  y 8 le quedaban (Enrique, Fadrique, Fernando, Tello, Juan, Sancho, Pedro y Juana) de su amante Doña Leonor de Guzmán. Enrique fue prohijado por Rodríguez Álvarez, conde de Trastamara, de quién recibe el nombre de la nueva dinastía.

A la súbita muerte del Rey en 1350, su viuda (en plena decadencia mental) encarcela y da muerte en Talavera, a Doña Leonor. Leonor fue atada a un poste al amanecer. Le pusieron una soga al cuello con una cruceta detrás. Pedro se colocó a su espalda, asió la cruceta y escuchó las frías palabras de su madre: “Quiero que le des veinte vueltas, Pedro. Una por cada año que estuvo con él.”

Los enemigos del rey comienzan a rumorear que el Rey Pedro no era hijo de Alfonso XI, sino de un judío llamado Pero Gil. Comienza así la pugna por el trono que va a durar 18 años y que va a adquirir una dimensión internacional al coincidir con la guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra.

Para ganar el apoyo de Francia, y siguiendo los consejos de Juan Alfonso de Alburquerque, Pedro I  (1350-1369) se casa con Blanca, hija del duque de Borbón.

Su dote iba a ser de 300.000 florines; a cambio Pedro donaba Coca, Arévalo, Sepúlveda y Mayorga. Pero Blanca se presenta sin el dinero y queda recluida en el castillo de Sigüenza.

Para colmar la historia, el Rey se enamora de María Padilla, que era la dama de Alburquerque, su consejero. Blanca y Pedro (de 16 años) se casan en junio de 1.353, Pedro tarda 3 días en repudiarla y su consejero poco más en refugiarse en las cercanías de Portugal.

Pedro I solicita a los obispos de Avila y Salamanca la nulidad de su matrimonio, para casarse con su nueva enamorada, Juana de Castro. El escándalo es explotado como depravación moral y religiosa. El Papa Inocencio VI hace causa común con los opositores, a los que se une incluso la familia de Juana; ante esta situación el rey la abandona.

Uno a uno los nobles se pasan a la causa rebelde. En el encuentro de Toro 50 nobles de la parte del rey y otros 50 de los rebeldes paran la guerra civil acordando que la monarquía se entrega en manos de la nobleza, quedando Pedro convertido prácticamente en su prisionero.

Pero Pedro escapa de Toro, reorganiza sus fuerzas y se prepara para lo que será una furibunda represión. Sus contrarios no se organizan; sólo los bastardos resisten en Toro y Enrique huye a Francia ante sus pocas posibilidades de triunfo.

Aplastada la nobleza castellana, Pedro I se enfrenta inmediatamente a Pedro IV de Aragón, donde se encuentran la mayoría de los nobles contrarios al rey castellano. La diplomacia aragonesa busca el apoyo francés, mientras la castellana lo hace con el inglés, reproduciéndose, en otro marco, la Guerra de los Cien Años.

En 1.356, las fuerzas castellanas toman Alicante y Orihuela; en 1.357 cae Tarazona y se abre un paréntesis de paz que reaviva la diplomacia de los dos bandos. Castilla afianza su alianza con Portugal e Inglaterra y crea una flota que rompe la hegemonía catalano-aragonesa en el litoral levantino, cosa que agrada a Génova.

El monarca aragonés, por su parte, estimula una sublevación en Andalucía, donde participa Enrique de Trastámara, muriendo su hermano Fadrique en Sevilla (1.358). Un mes más tarde asesinan a su también hermano Juan en Bilbao. Tello se salva milagrosamente.

Ante esta situación, tras ser asesinados varios de sus hermanos, Enrique, con su esposa y dos fieles caballeros, toman los caminos más desviados para llegar a Asturias. En Gijón, Enrique es acogido calurosamente y, por ser su residencia, la ciudad se convierte en Corte. Iban llegando fugitivos de las iras de Pedro I y entre ellos se hallaba un hijo de Don Garcilaso de la Vega, del mismo nombre que él sin par caballero, que había muerto por inspiración de Pedro I, al encabezar un movimiento de protesta contra el valido del rey (Albuquerque).

Acompañando a Garcilaso y a la madre de éste llega Elvira Iñiguez de la Vega, por sobrenombre la “Corita”, que se convertiría en amante de Enrique, al que dará dos hijos: Juana y Alfonso.

El marco donde se desarrolla el ascenso de los Trastámara, está en esos momentos en un punto poco favorable a Enrique: Francia, su aliada, pierde en la Guerra de los Cien Años y el monarca aragonés, falto de dinero, se compromete a no apoyar a los nobles rebeldes castellanos a cambio de recuperar los territorios perdidos, y licencia sus tropas para suprimir gastos.

Sin embargo Pedro, tras una operación de castigo contra Granada, la emprende de nuevo contra la corona Aragonesa.

Pedro IV de Aragón, llamado El Ceremonioso, no tiene más remedio que buscar el apoyo de Enrique, quien reúne una tropa de mercenarios extranjeros con dinero aportado por la corona francesa y el Papa (estamos en uno de los muchos descansos de la guerra de los 100 años, en que las tropas involucradas están libres y buscando empleo).

Para Pedro I, con sus tropas castellanas y otras de Navarra, Portugal y Granada, fue un paseo militar ante la desorganización de los nobles castellanos y las dificultades del monarca Aragonés.

Una vez más se llega a una negociación, el acuerdo de Muriviedro (2 de julio de 1.363) de gran ventaja para Pedro I y humillante para la corona aragonesa pues Calatayud, Tarazona y Teruel son la dote de Juana, hija de Pedro IV El Ceremonioso, que habría de casarse con Pedro I (su mujer doña Blanca había muerto en 1361, el mismo año en que murió su amante doña Padilla). El monarca aragonés también se compromete a que los nobles rebeldes abandonen su reino y a dar muerte a Enrique de Trastámara y al infante Fernando.

Pero Pedro VI no solo no cumple esta ultima condición (aunque el infante Fernando muere en extrañas circunstancias, despejando cualquier duda sobre cuál de los bastardos era el heredero del trono), sino que se deja convencer por Enrique de la necesidad de seguir la guerra contra Castilla.

Sin embargo el primero que vuelve a atacar es Pedro I, en la zona de Valencia. Nuevamente la mejor solución para el rey aragonés es pedir ayuda a Enrique y a sus ejércitos de mercenarios, lo que confiere al de Trastámara  una posición inmejorable para negociar su futuro. Enrique lleva desde 1.364 reclutando hombres con dinero aportado a partes iguales por Francia, Aragón y el Pontífice.

El 14 de septiembre de 1.365 el rey de Aragón toma Murviedro, del que Pedro I había hecho su centro de operaciones.

Un mes después Enrique reúne en Montpellier un ejercito de mercenarios formado por españoles, ingleses, gascones, bretones y alemanes, a las ordenes de tres capitanes: Betrán Du Guesclin, Hugo Calveley y Arnould  DÁndrehem (entre los tres capitaneaban “Las Grandes Compañías”, huestes de mercenarios europeos. Como recompensa a su ayuda, Enrique concede a Du Guesclín el condado de Trastámara y a Calveley el de Carrión).

A principios de 1.366, los mercenarios entran por Cataluña y el 16 de Marzo de ese mismo año Enrique se proclama rey de Castilla en Las Huelgas.

A partir de aquí surge una nueva arma cuyo instrumento es la nobleza rebelde: de rumores y mala prensa se pasa a una propaganda en toda regla para acabar con Pedro I y acumular partidarios a la causa trastamarista, Sus argumentos son:

–         Cruzada religiosa por la amoralidad de Pedro I.

–         Liberar a Castilla de las arbitrariedades de Pedro I contra nobles y demás grupos sociales, pero siempre haciendo hincapié en los maltratos que sufrieron los primeros, que fueron los únicos que salieron ganando con esta “revolución”.

–         Prescindir de los judíos.

–         Rebajar la presión fiscal.

Con el legítimo rey estaban los ricos andaluces y los judíos. Con el bastardo, la nobleza castellana, los grandes ganaderos, es decir la  Meseta.  La incipiente burguesía no se identifica con ningún bando claramente.

Tras coronarse en Burgos, Enrique toma Toledo y marcha hacia Sevilla, por lo que Pedro I opta por huir al extranjero pensando en volver con un ejército de mercenarios.

Enrique era rey de Castilla, pero para ello tenía que pagar muchos favores y necesita dinero. Solventa el primer problema con las “mercedes enriqueñas” (por lo que se le conoce como Enrique, el de las mercedes) y el segundo licenciando a la mayor parte de su ejército de mercenarios.

Pedro I se había llevado el tesoro regio y negocia con navarros e ingleses su retorno. En el acuerdo de Libourne Pedro I, Eduardo de Gales (el Príncipe Negro) y Carlos II de Navarra se comprometen en los siguientes términos: Inglaterra pone un gran ejército capaz de recuperar la corona, Navarra cede el paso a ese ejército. A cambio Pedro donaría Alava, Guipúzcoa y algunas plazas riojanas a Navarra y el señorío de Vizcaya al Príncipe Negro.

Thomas Telton y John Chandes comandan la expedición utilizando los mismos mercenarios licenciados por Enrique.

En 1.367 Pedro I ya se encuentra con sus mercenarios en tierras Castellanas. Enrique sale a su encuentro en Nájera, dando lugar a una de las batallas más sangrientas de la Edad Media. Enrique es derrotado y mueren mas de 400 hombres (las batallas entre mercenarios rara vez eran sangrientas; Una vez veían la batalla perdida se retiraban para minimizar bajas).

MONTIEL

La derrota de Nájera debería haber supuesto una nueva implantación de Pedro I como soberano. Pero el acuerdo de Libourne le hacía deudor de una buena parte del patrimonio castellano y como, además, no convocó Cortes después de su triunfo en Nájera, provocó el descontento de las ciudades.

Pedro I incumple sus compromisos. El Príncipe Negro busca en Aragón un nuevo aliado y abandona Castilla con su ejército de mercenarios en agosto de 1.367, quedando Pedro sin defensas, igual que un año antes le ocurriera a Enrique. Este, exiliado en Francia, ve la ocasión propicia. Primero consigue que el Príncipe Negro libere a su capitán Beltrán Du Guesclin y en septiembre de ese mismo año vuelve a Castilla con una pequeña escolta. En una semana ya tenia a su lado más de 400 lanzas.

Hay un tiempo de espera en que ninguna de las dos fuerzas es suficiente para derrotar a la otra, hasta que, el 20 de noviembre de 1.368, Carlos V de Francia firma con Enrique el Tratado de Toledo, en el que se prometen amistad y apoyo a través de Du Guesclin, para eliminar a Pedro I. Como El  Príncipe Negro se niega a ayudar a Pedro I por su incumplimiento anterior, la suerte pasa, esta vez sí, al de Trastámara.

Du Guesclin cierra el paso a las tropas de Pedro en Montiel. Este, viéndose perdido quiere pactar con el capitán francés a cambio de “sus villas de Soria, Almazán, Atienza, Monteagudo, Deza y Leron por juro de Heredada para vos y los que de vos vinieren”.

Beltrán Du Guesclin atrae a Pedro I a su tienda y Enrique, que se halla allí escondido, se abalanza sobre él, enzarzándose ambos en una feroz pelea. A pesar de la sorpresa parece que Pedro tiene las de ganar así que Du Guesclin interviene a favor de quien paga sus servicios pronunciando la famosa frase “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. Pedro recibe varias puñaladas falleciendo, a causa de las heridas, el 23 de marzo de 1369.

Con la muerte del rey Pedro I, termina la crisis por la sucesión abierta en el reino de Castilla, pero quien realmente triunfa es la nobleza rural agraria, que frustra el desarrollo de una burguesía, pujante en otros países en aquella época, abierta hacia el desarrollo industrial que ya empezaba a consolidarse a finales del siglo XIV en el resto de Europa.

Con Enrique II de las Mercedes, rey desde 1369 a 1379, se entroniza la dinastía de los Trastamara y con ella, el poder real se deteriora por las revindicaciones de la nobleza.

Enrique II muere en 1.379, sucediéndole en el trono su hijo Juan I.

Pedro I el Cruel había proclamado que se había casado en secreto con doña Maria de Padilla antes de hacerlo obligado con doña Blanca de Borbón. Por lo tanto los cuatro hijos habidos de la relación con su amante fueron legitimados en su aspiración al trono.

Doña Constanza, tercera hija de Pedro I y de doña María de Padilla se casó con don Juan (John) de Gante, duque de Lancaster e hijo del rey británico Eduardo III. Como es natural el inglés apoyó a su esposa en la reclamación de sus derechos al trono de Castilla y León, revindicación que encontró amplio eco en buena parte de la aristocracia hispana.

A fin de evitar una guerra más que probable, Juan I propuso el matrimonio entre su primogénito, don Enrique, con Catalina, primogénita de doña Constanza y del duque de Lnacaster. El acuerdo fue aceptado, a pesar de la poca edad de los contrayentes dado que el Trastamara tenía 10 años, cuatro menos que su prometida nacida en Bayona en 1373.

El 17 de noviembre de 1388 se celebró una fastuosa ceremonia en la catedral de Palencia. Los duques de Lancaster renunciaban a sus derechos dinásticos en favor de los herederos del matrimonio de su hija Catalina con el futuro Enrique III. Juan I aseguraba así su linaje y la paz en el reino.

Para mayor solemnidad del acto se otorgó y juró a los nuevos cónyuges el título de Príncipes de Asturias a semejanza de lo establecido por otras casa europeas, como la inglesa creadora del principado de Gales. De esta manera Asturias se convertía en tierra de reyes y quedaba libre de ser incluida en ninguna dote matrimonial posterior.

Juan I muere en 1.390, aplastado por el caballo que montaba, sucediéndole Enrique III, que entonces contaba 11 años.

Enrique III recibiría el apodo de El Doliente por su fragilidad física. A pesar de ello tuvieron tres hijos, el tercero de los cuales fue el deseado hijo varón que vino al mundo en 1405. Le llamaron Juan, el futuro Juan II de Castilla, padre de Isabel la Católica.

Un año más tarde, en 1406, muere Enrique III. Le sucede Juan II de Castilla y León (1406-1454) hombre de poco carácter quien, tras una tormentosa regencia, se echó en manos de su valido Don Alvaro de Luna. De su primera mujer María de Aragón nació Enrique IV el Impotente (1454-1474). De su segunda mujer tuvo a la futura reina Isabel I de Castilla. Durante los reinados de Juan II y Enrique IV, Castilla conoció un periodo de gran decadencia.

En este periodo, la corona de Aragón da un ejemplo de madurez política cuando, al morir sin descendencia Martín el Humano (1410), se designan doce compromisarios que entregan la corona a quien, a su juicio, tenía más derecho a ella, Fernando I, el de Antequera (1412-1416), hermano de Enrique III de Castilla. Con él se introduce, en Aragón, la dinastía Trastamara.

Uno de sus hijos, Alfonso V de Aragón (1416-1458), continua la política mediterránea y ocupa el reino de Nápoles, mientras que otro, Juan II de Aragón (1458-1479), por su matrimonio con Blanca de Navarra, se adueña del reino de Navarra y representa a su padre en el gobierno de Sicilia.

A Juan II le sucede su hijo Fernando II de Aragón, que sería V de Castilla tras su matrimonio con Isabel la Católica.

   
   
   

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Este sitio se actualizó por última vez el 06 de agosto de 2005

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