Mujeres trabajando Por Anabel Hernandez


Mujeres trabajando

Por: Anabel Hernandez

Representamos el 36 por ciento de la fuerza laboral de nuestro país. De cada 100 pesos que ingresan a un hogar, 32 pesos en promedio aportamos nosotras. Uno de cada cinco hogares se sostiene única o principalmente con nuestro ingreso. Nuestra participación en el mercado laboral prácticamente se ha duplicado en 30 años, y va a la alza. Sin embargo, proporcionalmente no hay más igualdad ni menor discriminación. ¿Qué pasa?

El siglo pasado se caracterizó por la irrupción masiva de las mujeres a un terreno que antes se consideraba exclusivo del varón: El terreno laboral. Y no es que las mujeres no trabajaran, pero estaban confinadas a las tareas del hogar y al cuidado de las y los hijos; tareas, por cierto, que hasta el día de hoy no son consideradas como un trabajo. Cuando las mujeres comenzaron a trabajar fuera de casa, a ganar un salario, a participar con su ingreso en el sostenimiento de sus hogares, una revolución silenciosa estaba teniendo lugar, una revolución que modificó para siempre no sólo la estructura familiar, sino la percepción que las propias mujeres de esas generaciones y de las subsiguientes tenían de sí mismas. Y tomamos por sorpresa al gobierno, a la sociedad y en general a una cultura que desvalorizaba o francamente menospreciaba el talento y la capacidad de las mujeres para abrirse camino fuera de una cocina.

Para hacer frente a la nueva realidad se realizaron una serie de reformas y tomaron algunas medidas fundamentalmente destinadas a las madres trabajadoras. Surgieron así las guarderías, los permisos por maternidad, las licencias en caso de enfermedades de las y los hijos, entre otras. Pero esas medidas traían aparejada una percepción cultural según la cual las mujeres somos las que única o prioritariamente debemos ocuparnos del hogar y la familia. Es decir, se considera que para las mujeres trabajar fuera de casa debe ser algo adicional a su “verdadera” obligación, y, por tanto, la participación masculina en los quehaceres de la casa es absolutamente opcional. Y esto vale lo mismo si el ingreso de la mujer es el que sostiene a la familia completa. En ésas seguimos.

Ciertamente en 30 años han cambiado muchas percepciones. Ya no es extraño ni considerado excepcional que una mujer trabaje fuera de su casa, ya no se quedan boquiabiertos cuando oyen que una mujer egresó de la Facultad de Ingeniería, ya no sorprende ver a una mujer taxista o despechando gasolina, y aunque todavía hay quién pensaría dos veces llevar con una mecánica su vehículo o subirse a un avión piloteado por una mujer, en general la sociedad ha ido perdiendo la capacidad de asombro para los espacios que las mujeres vamos conquistando. No obstante, en este ámbito la conquista más importante aún está pendiente: Erradicar la discriminación laboral que se expresa en muchos niveles, desde menor salario a trabajo igual que los varones, solicitud del certificado de ingravidez o despido por embarazo, hasta acoso sexual.

El gran problema es que en el fondo lo que subsiste es una cultura en la que aún no cuaja la concepción de la igualdad entre géneros. Esto se aprecia claramente por ejemplo en el asunto del salario. Según el IENGI mientras los varones obtienen 13.46 pesos por hora, las mujeres reciben 10.14 pesos en promedio, a pesar de que las trabajadoras tienen en promedio una preparación escolar de 9.4 años de estudio contra 8.2 de los hombres. Este dato echa por tierra el argumento de que las mujeres ganan menos porque están menos capacitadas. En algunos ámbitos eso es verdad y aún hay mucho que remontar con respecto al acceso a la educación de las mujeres en niveles medio superior y superior; pero ¿cuál es la justificación cuando están igual o más calificadas que sus compañeros de trabajo?

Lo que sucede es que se considera como secundario el trabajo de la mujer, es decir su salario se concibe como “apoyo” al sostén familiar y como contribución al que recibe el varón. De manera que es común que en la asignación de salarios se tome en cuenta de manera importante el estado civil de la mujer y no sus estudios, talentos y capacidades. Esta idea de que el trabajo y por tanto el salario de la mujer es sólo complementario, repercute asimismo en las oportunidades de capacitación y ascenso que se brindan también preferentemente a los varones.

La conquista final pues es modificar una cultura que sigue desvalorizando a las mujeres y sustituirla por una en la que la equidad sea la pauta. Pero las batallas inmediatas en el terreno laboral son asegurarnos de que se realicen las reformas legales pertinentes y se tomen las medidas necesarias para erradicar la discriminación laboral. Y en todo eso, además de lo demás, estamos trabajando.

Datos:

Datos de Unifem. En el mundo la mujer encabeza el 25 por ciento de las familias (un cuarto de las familias). Fonaes/estadísticas.

XII Censo General de población y vivienda 2000, existen actualmente 4.7 millones de mujeres jefas de hogar.

Según Conapo una de cada cinco familias mexicanas está encabezada por una mujer y estima que para 2010 serán 7.2 millones de hogares. Ocho de cada diez mujeres jefa de hogar vive en zonas urbanas.

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