SALTIMBANQUI Y CATEQUISTA.

Saltimbanqui_ulises_ramirez

En el “Sueño de los nueve años” Juanito había visto una muchedumbre de muchachos y se le había pedido que les hiciera el bien.

Por lo tanto, él se preparaba para eso: leía historias, aprendía catecismo…

Casi sin darse cuenta había comenzado contando cuentos  y leyendo historias a los muchachos de su pueblo. Resultaba curioso que por ahí se decía: “Vamos a escuchar el sermón”, porque antes y después de los cuentos, invitaba a todos a hacer oración.  ¿Por qué no continuar haciendo el bien a aquellos muchachos?…  Sí,  pero… ¿cómo? Juanito era muy inteligente, avispado y creativo…

Los días en que había “tianguis” y mercado en el pueblo, iba a ver a los charlatanes  y saltimbanquis, “adivinos” y malabaristas y observaba con mucha atención todos los juegos y suertes de magia que allí presentaban. Ya en casa, ensayaba y ensayaba hasta que lograba realizarlos con entera agilidad. Eran inimaginables las caídas, los resbalones y los tumbos que se daba…

Aunque es difícil de creer, a los once años ya hacía juegos de manos, el salto mortal, caminaba de manos, saltaba y bailaba en la cuerda como un saltimbanqui profesional.

Los domingos y días de fiesta, los niños de las casas vecinas y también los que vivían lejos, lo iban a buscar. Daba la función haciendo los juegos que había aprendido. De un árbol tiraba una cuerda hasta un peral de otoño muy robusto  que allí había. Al lado colocaba una mesita con la bolsa de prestidigitador y sobre la tierra extendía una vieja alfombra para los ejercicios a cuerpo libre.

Cuando todo estaba preparado y los asistentes esperaban ansiosos el comienzo, invitaba a todos a rezar el rosario y a cantar una alabanza a la Virgen. Después subía a una silla y pronunciaba el sermón, es decir, repetía igualito el que había escuchado por la mañana durante al misa.

Finalmente comenzaba la función: el predicador se convertía en un saltimbanqui profesional: realizaba saltos mortales, caminaba con las manos, tragaba monedas y las iba a recuperar  en la punta de la nariz de algún espectador. Multiplicaba las bolitas rojas y  los huevos;  convertía el agua en vino, mataba un pollo y lo hacía pedazos para luego volverlo a resucitar y lo ponía a cantar.

Finalmente, caminaba y saltaba sobre la cuerda, se apoyaba con las manos y echaba los pies al aire o volaba cabeza abajo sosteniéndose con los pies.

Terminaba la función, rezaban una breve oración y…  “¡Aquí se rompió una taza, cada quién para su casa!”

Mamá Margarita lo quería mucho, lo observaba y él le contaba todo. Sin su aprobación no hacía nada y a la vez,  ella le dejaba hacer.

Mientras, su hermanastro Antonio de 18 años, miraba desde lejos.

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