Proceso a Darwin

L

os darwinistas consideran la evolución como un hecho, no como una mera teoría, porque les da una explicación satisfactoria del patrón de relación que vincula a todos los seres vivos —un patrón tan identificado en sus mentes con lo que ellos consideran la causanecesaria del patrón —la descendencia con modificación— que, para ellos, la relación biológica significa relación evolutiva.

La clasificación biológica es una cuestión tan polémica como la religión o la política, pero se aceptan algunos principios básicos. Los biólogos clasifican animales (y otros organismos) por medio de categorías taxonómicas como familias, órdenes, clases y fílums o tipos. Una clasificación superficial podría agrupar a la ballena, el pingüino y el tiburón en un mismo grupo como criaturas acuáticas, y a las aves, murciélagos y abejas en otro como criaturas voladoras. Pero el diseño corporal básico de las aves, murciélagos y abejas es fundamentalmente diferente, sus sistemas reproductivos son diferentes, e incluso sus alas son similares sólo en el sentido de que son adecuadas para volar. Por tanto, todos los taxónomos están de acuerdo en que el murciélago y la ballena deberían ser agrupados con el caballo y el mono como mamíferos, a pesar de las enormes diferencias en conducta y mecanismos de adaptación. Las abejas están construidas en base de un plan corporal fundamentalmente diferente del de los vertebrados de todo tipo, y pasan a una serie de clasificación totalmente diferente.

Los biólogos, antes y después de Darwin, han tenido en general la sensación de que al clasificar no estaban simplemente forzando a unos seres a unas categorías arbitrarias, sino descubriendo unas relaciones que en cierto sentido son reales. Algunos taxónomos predarwinianos expresaron esta impresión al decir que las ballenas y los murciélagos son superficialmente como los peces y las aves, pero son esencialmente mamíferos —es decir, en su esencia se conforman al «tipo» mamífero. De forma similar, todas las aves son esencialmente aves, tanto si vuelan, nadan o corren. Este principio puede ser extendido hacia arriba o abajo de la escala de clasificación. Los San Bernardos y los dachsunds son esencialmente perros, a pesar de la visible disparidad, y los gorriones y los elefantes son esencialmente vertebrados.

El esencialismo no intentó explicar la causa de las relaciones naturales, sino que meramente describió el patrón en el lenguaje de la filosofía platónica. Los esencialistas sabían acerca de los fósiles, y por ello eran conscientes de que diferentes clases de seres habían vivido en diferentes tiempos. Sin embargo, el concepto de evolución no tenía sentido para ellos, porque demandaba la presencia de numerosas formas intermedias —criaturas imposibles que estarían en algún punto de transición de un estado esencial a otro. Por eso, los esencialistas atribuyeron los rasgos comunes que vinculaban a cada clase no a una herencia de antecesores comunes, sino a una especie de modelo llamado el «Arquetipo», que existía sólo en algún reino metafísico, como la mente de Dios.

Darwin propuso una explicación naturalista para los rasgos esencialistas del mundo viviente, y que era tan chocante en su atractivo lógico que conquistó el mundo científico aunque quedaban dudas acerca de algunas partes importantes de su teoría. Teorizó que los grupos discontinuos del mundo viviente eran los descendientes de antecesores extinguidos durante mucho tiempo. Grupos relacionados de una forma relativamente estrecha (como los reptiles, las aves y los mamíferos) compartían un antepasado común relativamente reciente; y todos los animales compartían un antepasado común más antiguo. Luego propuso que estos antepasados habían de estar unidos con sus descendientes mediante largas cadenas de intermedios de transición, también extintas. Según Darwin:

De este modo [por la extinción] podemos dar cuenta incluso de la disparidad de clases enteras entre sí —por ejemplo, de las aves de todos los otros animales vertebrados— mediante la creencia de que muchas formas de vida se han perdido totalmente, y por medio de las cuales los más tempranos progenitores de las aves estuvieron antiguamente relacionadas con los antiguos progenitores de las otras clases vertebradas.

Esta teoría de la descendencia con modificación daba sentido al patrón de relaciones naturales de una manera aceptable para los materialistas filosóficos. Explicaba por qué los grupos parecían formar parte de un marco natural y no de una mera invención humana. Para la imaginación darwinista se trata de familias literales. Cuando se combina con la teoría de la selección natural, explicaba la diferencia entre los rasgos comunes que son relevantes para la clasificación (homologías) y los que no lo son (analogías). Los primeros eran reliquias de un antepasado común; lo segundo evolucionó de manera independiente para proveer criaturas muy diferentes con unos miembros del cuerpo superficialmente similares y útiles para estrategias adaptativas como el vuelo y la natación. Expresándolo con las históricas palabras de Darwin:

Todas las … dificultades en la clasificación quedan explicadas … en base de la postura de que el sistema natural está basado en la descendencia con modificaciones; que los caracteres que los naturalistas consideran como exteriorizando una verdadera afinidad entre cualesquiera dos o más especies son las que han sido heredadas de un progenitor común, y hasta ahí toda verdadera clasificación es genealógica; que el vínculo oculto que los naturalistas han estado inconscientemente buscando es la comunidad de linaje, y no algún desconocido plan de creación, ni la enunciación de proposiciones generales y la mera colección y separación de objetos más o menos parecidos.

Darwin terminaba su capítulo diciendo que el argumento de la clasificación era tan decisivo que sólo en base del mismo él adoptaría su teoría incluso si no estuviese apoyada por otros argumentos. Esta confianza explica por qué Darwin no se sentía desalentado por las evidentes dificultades del registro fósil: su lógica le decía que la explicación de la descendencia con modificaciones había de ser la explicación para las «dificultades en la clasificación», con independencia de toda discontinuidad en la evidencia. La misma lógica inspira a los actuales darwinistas, cuando se encogen de hombros ante los críticos que afirman que uno u otro elemento de la teoría es dudoso. «Di lo que quieras contra cada detalle», responden ellos: «sin embargo, en biología nada tiene sentido excepto bajo la luz de la evolución.»

Es indudable que la teoría de Darwin tiene un impresionante poder de explicación, pero, ¿cómo podemos saber si es verdad? Si definimos «evolución» sencillamente como «todo lo que produzca clasificación», entonces la evolución es un hecho en el mismo sentido que la clasificación es un hecho. Pero aquí tenemos otra tautología, y como tal no tiene un valor explicativo genuino. En esta forma, la teoría está apoyada principalmente por las implicaciones semánticas de la palabra «relación». Los darwinistas dan por supuesto que la relación entre, digamos, murciélagos y ballenas es similar a la existente entre hermanos y primos en las familias humanas. Quizá, pero la proposición no es evidente por sí misma.

La descendencia con modificación podría ser algo mucho más sólido que una tautología o un truco semántico. Podría ser una hipótesis científica susceptible de ensayo. Si existieron en el pasado antepasados comunes y cadenas de formas de eslabones intermedios, los estudios sobre los fósiles deberían poder identificarlos, al menos en algunos casos. Si es posible que una sola especie ancestral cambie mediante procesos naturales para transformarse en formas tan diferentes como un tiburón, una rana, una serpiente, un pingüino y un mono, entonces la ciencia debería poder descubrir en el laboratorio los mecanismos del cambio.

Si no se puede establecer un mecanismo en un laboratorio científico, y si los estudios sobre los fósiles no pueden encontrar los antecesores comunes ni los eslabones de transición, entonces el darwinismo falla como teoría empírica. Pero los darwinistas suprimen la consideración de esta posibilidad invocando una distinción entre el «hecho» de la evolución y la teoría particular de Darwin. Las objeciones basadas en el registro fósil y en la impotencia del mecanismo darwinista sólo inciden sobre la teoría, argumentan ellos. La evolución misma (la explicación lógica para las relaciones) sigue siendo un hecho, por lo cual se refieren a una deducción irrefutable procedente del hecho de la relación. El influyente artículo de Stephen Jay Gould, «Evolution as Fact and Theory», explica esta distinción citando el hecho y la teoría de la gravedad:

Los hechos son los datos del mundo. Las teorías son estructuras de ideas que explican e interpretan los hechos. Los hechos no se desvanecen mientras los científicos debaten teorías rivales para explicarlos. La teoría de la gravitación de Einstein sustituyó a la de Newton, pero las manzanas no se detuvieron en medio del aire esperando el resultado. Y los seres humanos evolucionaron de antepasados simios, tanto si lo hicieron mediante el mecanismo propuesto por Darwin, o mediante algún otro mecanismo aún no identificado.

Esta analogía es falsa. Es cosa de observación directa que las manzanas caen cuando se sueltan, pero no observamos un antepasado común de los simios modernos y de los hombres. Lo que  observamos es que los simios y los humanos son física y bioquímicamente más parecidos entre sí que a los conejos, serpientes o árboles. EL antepasado común simiesco es una hipótesis en una teoría, que intenta explicar cómo llegaron a existir estas mayores y menores semejanzas. Se trata de una teoría plausible, especialmente para un materialista, pero puede sin embargo ser falsa. La verdadera explicación de las relaciones naturales podría ser algo mucho más misterioso.

Debido a que Gould establece la frontera entre hecho y teoría en un lugar erróneo, la distinción carece prácticamente de significado. Para él, la teoría es sencillamente la teoría de selección natural, y el «hecho» es el hecho de que la evolución puede ocurrir por mecanismos aleatorios sin influencia de la selección. Gould explica esta distinción observando que

en tanto que ningún biólogo pone en duda la importancia de la selección natural, muchos dudan ahora de su omnipresencia. De forma particular, muchos evolucionistas argumentan que puede que grandes cantidades de cambio genético puedan no estar sujetos a la selección natural y que puede que se extiendan al azar a través de las poblaciones.

Sin embargo, y como lo reconoce Gould, Darwin siempre insistió en que la selección natural era sólo uno de los mecanismos de la evolución, y se quejaba acerbamente cuando se le acusaba de escribir que la selección sea omnipresente. Por tanto, el «hecho» que describe Gould no es nada más que lateoría bien entendida de Darwin: que la evolución es descendencia con modificación impulsada por cambios genéticos al azar, con la selección natural para dar la conducción que se precise para producir estructuras adaptativas complejas como alas y ojos.[1] Así queda asegurado el poder creativo de la selección natural, porque es una implicación necesaria del «hecho» de que la evolución ha producido todas las maravillas del mundo de lo viviente. La reformulación de la teoría como hecho no sirve para otro propósito que para protegerla de la falsación.

Nadie necesita demostrar que las manzanas caen y no suben, pero Gould da tres pruebas para el «hecho de la evolución». La primera prueba es la microevolución:

Primero, tenemos abundante evidencia directa, observada, de la evolución en acción, tanto de campo como de laboratorio. Esta evidencia va desde incontables experimentos sobre cambios en prácticamente todos los aspectos de las moscas de la fruta sujetas a selección artificial en laboratorio hasta las famosas poblaciones de polillas británicas que se ennegrecieron cuando el hollín industrial oscureció los árboles sobre los que se posan las polillas. (Las polillas consiguen protección de las aves predadoras, de gran agudeza visual, confundiéndose con el medio.) Los creacionistas no niegan estas observaciones: ¿cómo podrían hacerlo? Los creacionistas se han aplicado. Ahora argumentan que Dios sólo creó «tipos básicos», dejando lugar para oscilación evolutiva en su seno. Así, los caniches domésticos y los grandes daneses provienen del tipo canino, y las polillas pueden cambiar de color, pero la naturaleza no puede convertir un perro en un gato, ni un mono en un hombre.

Gould tiene razón: todo el mundo está de acuerdo en que hay microevolución, incluso los creacionistas. Hasta los científicos creacionistas están de acuerdo con ello, no porque «se hayan aplicado», sino porque su doctrina siempre ha sido que Dios creó tipos básicos, o naturalezas, que posteriormente se diversificaron. El ejemplo más famoso de microevolución creacionista involucra a los descendientes de Adán y Eva, que se han diversificado de una pareja ancestral común para originar todas las diversas razas de la especie humana.

El tema a debate no es si hay microevolución, sino si este fenómeno nos dice algo relevante acerca de los procesos responsables del primer origen de las aves, insectos y árboles. Gould mismo ha escrito que incluso el primer paso hacia la macroevolución (especiación) demanda más que la acumulación de micromutaciones. En lugar de explicar cómo se relacionan las variaciones de la polilla del abedul con la clase de evolución que realmente importa, lo que hace es cambiar de tema y atacar a los creacionistas.[2]

Otros darwinistas que no ignoran tranquilamente el problema recurren a la mala filosofía para esquivarlo. Por ejemplo, Mark Ridley dice que «Todo lo que se necesita para demostrar la evolución es la microevolución observada añadida a la doctrina filosófica del uniformismo que (en la forma que se necesita aquí) subyace a toda la ciencia».

¿Pero qué tipo de prueba es ésa? Si nuestra filosofía exige que los cambios pequeños se acumulen a grandes, entonces la evidencia científica es irrelevante. A los científicos les encanta suponer que las leyes de la naturaleza fueron uniformes siempre y en todas partes, porque en caso contrario no podrían hacer inferencias acerca de lo que sucedió en el remoto pasado o en el otro extremo del universo. No suponen que las normas que rigen la actividad a un nivel de magnitud se aplican necesariamente a todos los otros niveles. Las diferencias entre la física newtoniana, la relatividad y la mecánica cuántica muestra cuán injustificada sería tal suposición. Lo que los darwinistas tienen que presentar es no un principio filosófico arbitrario, sino una teoría científica de cómo puede tener lugar la evolución.

Se deriva mucha confusión del hecho de que se emplea un sólo vocablo —evolución— para designar procesos que pueden tener poco o nada en común. Se le da el nombre de evolución a una oscilación en la cantidad relativa de polillas oscuras y claras en una población, y también al proceso creativo que produjo a la célula, al organismo multicelular, al ojo y a la mente humana. La implicación semántica es que la evolución es fundamentalmente un proceso simple, y los darwinistas explotan con entusiasmo esta implicación como sucedáneo de la evidencia científica. Incluso la separación de la evolución en sus variedades «micro» y «macro» —a la que generalmente se resisten los darwinistas— implica que todos los procesos creativos involucrados en la vida comprenden un fenómeno simple en dos partes que se entenderá de manera adecuada cuando descubramos un proceso que haga nuevas especies a partir de las existentes. Quizá sea así, pero más probablemente no. El vocabulario del darwinismo limita de manera inherente nuestra comprensión de las dificultades al recubrirlas engañosamente con el término inclusivo de «evolución».

El segundo argumento de Gould, y la pieza central de su argumento en favor del «hecho» de la evolución, es el argumento de la imperfección:

El segundo argumento —el de que la imperfección de la naturaleza revela una evolución— les suena a muchos como irónico, porque creen que la evolución tendría que exhibirse de la forma más elegante en la adaptación prácticamente perfecta expresada por algunos organismos: la cámara del ala de una gaviota, o mariposas que no se pueden ver en la hojarasca del suelo porque imitan de manera tan precisa a las hojas. Pero la perfección podría ser impuesta por un creador sabio o evolucionar por selección natural. La perfección recubre las huellas de la historia del pasado. Y la historia del pasado —la evidencia de la descendencia— es la marca de la evolución.
La evolución queda expuesta en las imperfecciones que registran una historia de descendencia. ¿Por qué habría de correr la rata, volar el murciélago, nadar la marsopa y yo estar mecanografiando este ensayo con estructuras construidas con los mismos huesos, a no ser que todos las heredásemos de un antepasado común? Un ingeniero que comenzase de cero podría en cada caso diseñar mejores miembros. ¿Por qué han de ser marsupiales todos los grandes mamíferos nativos de Australia, a no ser que desciendan de un antecesor común en este continente-isla? Los marsupiales no son «mejores» ni son especialmente idóneos para Australia; muchos de ellos han sido borrados por animales placentarios importados por el hombre desde otros continentes.…

Lo que hace aquí Gould es simplemente repetir la explicación de Darwin para la existencia de grupos naturales —la teoría para la que estamos buscando confirmación— y le da un giro teológico. Un Creador apropiado tendría que haber diseñado cada clase de organismo de nuevo para conseguir una máxima eficacia. Esta especulación no puede sustituir a la evidencia científica que establezca la realidad de los antecesores comunes. Tampoco hace nada por confirmar el proceso natural mediante el que se supone que tuvo lugar la transformación de ancestro a descendiente. A fin de cuentas, fue Darwin quien desterró de la ciencia la especulación acerca del «desconocido plan de la creación».

Douglas Futuyma también se apoya de lleno en el tema de «Dios no lo habría hecho», citando ejemplos de embriología vertebrada:

¿Por qué especies que al final desarrollan adaptaciones para formas tan absolutamente diferentes de vida han de ser casi indistinguibles en sus etapas tempranas? ¿Por qué el plan de Dios para los humanos y los tiburones demanda que tengan embriones casi idénticos? ¿Por qué las salamandras terrestres, si no descendieron de ancestros acuáticos, pasan por una etapa larval totalmente dentro del huevo, con branquias y aletas que nunca se emplean, y luego pierden estos rasgos antes de romper el cascarón?

Éstas son preguntas retóricas, pero señalan a puntos legítimos de inicio de investigación. Los rasgos que Futuyma menciona puede que existan porque un Creador los empleó para algún propósito inescrutable; puede que reflejen la herencia de antecesores comunes específicos; puede que se deban a algún proceso aún no imaginado que la ciencia pueda descubrir en el futuro. La tarea de la ciencia no es especular acerca de por qué Dios podría haber hecho las cosas de esta manera, sino ver si mediante investigación empírica se puede establecer una causa material. Si la biología evolutiva ha de ser una ciencia y no una rama de la filosofía, sus teorizadores han de estar dispuestos a hacer la pregunta científica: ¿Cómo se puede confirmar o falsar la hipótesis de Darwin de descendencia con modificaciones?

Gould y Futuyma nos señalan hacia una forma de responder a esta pregunta. Desde la época de Darwin hasta el presente, los biólogos evolutivos han creído que la descendencia común implica algunas proposiciones muy importantes acerca de la homología y del desarrollo embrionario. Si los rasgos homólogos son reliquias de descendencia común, tendrían que poderse seguir a partes embrionarias comunes. A la inversa, si hubiera evidencia de que partes que parecen homólogas en organismos adultos se han desarrollado por vías muy diferentes en el embrión, esto sería evidencia de que habían evolucionado por separado y que por tanto no se han heredado de un antepasado común. Esta correspondencia entre homología en el adulto y en las formas embrionarias le parecía tan lógicamente ineludible a Darwin que en la sexta edición de El Origen de las Especiesdefinió la «homología» como «aquella relación entre partes que resulta de su desarrollo de partes embrionarias correspondientes». Los genes eran desconocidos en tiempos de Darwin, pero por extensión de la misma lógica, los modernos biólogos han supuesto que las partes correspondientes del embrión están también controladas por genes homólogos.

La definición de homología dada por Darwin reflejaba una creencia ampliamente extendida entre los evolucionistas de que hay una profunda relación entre la ontogenia y la filogenia —es decir, entre el desarrollo embrionario y la historia evolutiva. En los primeros años, este concepto fue expresado en la llamada Ley Biogenética de Ernst Haeckel: «La ontogenia recapitula la filogenia.» Que los embriones realmente recapitulen las formas adultas ancestrales —que los humanos pasen, por ejemplo, a través de etapas de pez y reptil— nunca que sustentado por la evidencia, y los embriólogos la descartaron discretamente. Sin embargo, el concepto era teóricamente tan grato que generaciones de estudiantes de biología la aprendieron como un hecho. Gould recuerda que le enseñaron esta fórmula en la escuela, cincuenta años después de haber sido descartada por la ciencia.

Aunque la ley de Haeckel ha sido desacreditada, hay otra interpretación de la relación entre ontogenia y filogenia que sobrevive bajo el nombre de Ley de Von Baer. Esta hipótesis propone que las semejanzas entre los embriones reflejan niveles de clasificación biológica, de modo que, por ejemplo, todos los vertebrados se parecen mucho en las primeras etapas de desarrollo, pero van haciéndose más y más distintos al irse aproximando a su etapa adulta. La anterior declaración que hemos citado de Futuyma incorpora la Ley de Von Baer (aunque con sobretonos de Haeckel). El mismo Darwin expresó este mismo extremo con su acostumbrada elocuencia. Describiendo los hechos de la embriología como «no a la zaga de ningún otro» en cuanto a su importancia para su teoría, observó que el embrión en sus etapas tempranas es «una imagen más o menos oscurecida del progenitor, bien en su estado adulto o larval, de todos los miembros de la misma gran clase». Toda excepción a esta regla de semejanza embrionaria temprana, creía Darwin, se podían explicar como adaptaciones de las etapas larvales a diferentes medios. Por cuanto una larva ha de competir por los alimentos y ha de sobrevivir a los predadores, podría ser modificada por la selección natural, aunque etapas posteriores quedasen sin afectar.

Esta formulación está ligada a la lógica básica de la comprensión darwiniana de la homología. Si las similitudes heredadas de una forma ancestral se pueden asignar a un proceso de desarrollo común y a genes comunes, es lógico esperar que estos rasgos ancestrales sean generados en etapa temprana del proceso del desarrollo embrionario. Los organismos diferentes en un mismo grupo (como los vertebrados) deberían comenzar en la vida como organismos relativamente similares y luego ir conformando más adelante sus rasgos distintivos. Lo mismo que con la ley de Haeckel, esta imagen es tan grata que ha sido enseñada como un hecho a generaciones de estudiantes de biología.

Desafortunadamente para la teoría, sin embargo, los hechos no se ajustan tan limpiamente a la preconcepción teórica. Bien lejos de proveer la sencilla confirmación que sugiere Futuyma, los patrones embrionarios generan un monumental rompecabezas para la teoría. Aunque es verdad que todos los vertebrados pasan por una etapa embrionaria en la que se parecen entre sí, de hecho llegan por vías muy diferentes a esta etapa. Después de su fertilización, un huevo de vertebrado pasa por unas divisiones y movimientos celulares característicos de su clase: llos peces siguen un patrón, los anfibios otro, las aves otro distinto, y los mamíferos otro también distinto de las demás. Estas diferencias no se pueden explicar como adaptaciones larvales, porque estas etapas tempranas tienen lugar antes de la forma larval, y por ello no parece que queden expuestas a la selección natural. Sólo se puede ajustar la teoría de Darwin con los hechos de la embriología si se desechan las etapas tempranas de desarrollo, ¡pero son precisamente las etapas tempranas de desarrollo las que Darwin declaró que eran las más significativas!

Las etapas posteriores del desarrollo no muestran mayor tendencia a cooperar con las expectativas darwinistas que las más tempranas. Las semejanzas entre las estructuras óseas en los miembros de los vertebrados parecen sugerir un origen común. Tal como pregunta Gould retóricamente, ¿por qué habrían de ser similares, si no han sido heredadas de un antepasado común? Pero desde una perspectiva darwinista, la continuidad genealógica debería quedar reflejada en la continuidad del desarrollo. En otras palabras, la similitud de patrón en el miembro maduro debería reflejar una repetición de patrones ancestrales en el miembro en desarrollo en el embrión. Desafortunadamente, una comparación detallada del desarrollo de los miembros en peces, aves y anfibios demuestra que eso no es así. Al contrario, las células embrionarias que dan origen a los huesos de los miembros exhiben patrones de división, ramificación y producción de cartílago que difieren entre cada especie, sin amoldarse a las predicciones basadas en la teoría de la descendencia común. Bajo criterios embriológicos, las similitudes en los miembros vertebrados se asemejan más a analogías que a homologías, y como tales no dan apoyo alguno a la pretensión de Gould de que son imperfecciones heredadas de un antecesor común.

Los embriólogos saben muy bien que los embriones de los vertebrados se desarrollan siguiendo diferentes caminos, sólo para converger en apariencia a mitad del proceso, y luego volver a diverger hasta que por fin generan (de diversas maneras) estructuras óseas similares en sus miembros. Se puede concebir que haya alguna manera en que los darwinistas ajusten su teoría a estos desconcertantes hechos —si suponemos a priori que la teoría es cierta. Pero no es esto lo que estamos tratando ahora. Los hechos de la homología y de la embriología han sido presentados como una confirmación directa del «hecho de la evolución», y no lo son en absoluto. Si la embriología es nuestra mejor guía a la genealogía, como pensaba Darwin, nuestro guía parece estarnos diciendo que los vertebrados tienen múltiples orígenes y que no heredaron sus similitudes de un antecesor común.

Eso nos lleva a la tercera prueba de Gould, que nos retrotrae al registro fósil. Gould concede que raras veces se ha encontrado evidencia fósil de macroevolución, pero insiste en que hay al menos dos casos en la secuencia vertebrada en los que se pueden confirmar estas transformaciones. Un ejemplo es el de los «reptiles mamiferoides», que, como su nombre implica, parecen ser intermedios en la transformación de reptil a mamífero. El otro es el de los homínidos, u «hombres-simios», que están aceptados por la ciencia oficial como predecesores genuinos de los humanos modernos. Esta evidencia fósil constituye el tema del siguiente capítulo.


[1] Los lectores no deberían ser extraviados por las osadas especulaciones de unos pocos paleontólogos como Gould y Steven Stanley, que coquetean con alternativas macromutativas al gradualismo darwinista. No hay en el horizonte ninguna alternativa genuina al darwinismo. Desde el tiempo de T. H. Huxley hasta el presente, ha habido paleontólogos que han reconocido que el registro fósil no concuerda con el darwinismo estricto. Para mitigar esta dificultad, han tratado de describir una alternativa saltacionista en un lenguaje que pudiese ser tolerado con los puristas.

Sin embargo, el problema de los fósiles no es el tema principal. Un hecho o teoría de la evolución no valdría mucho si no pudiese explicar el origen de estructuras biológicas complejas, y nadie ha descubierto una alternativa naturalista, para este propósito, a las micromutaciones y a la selección natural. Hasta Gould tiene que recurrir al darwinismo ortodoxo cuando se aparta del problema de los fósiles y pasa a justificar la «evolución» como explicación general del origen de estructuras biológicas complejas como las alas y los ojos.

[2] Son comunes en la polémica darwinista los ataques a los creacionistas en lugar de la presentación de evidencias. Por ejemplo, la Nueva Guía a la Ciencia de Isaac Asimov, de 884 páginas en su edición en inglés, tiene una sección de media página sobre la evidencia a favor del darwinismo, donde se cita el ejemplo de la polilla del abedul como suficiente para demostrar toda la teoría. Y esto va precedido de casi tres páginas de invectivas contra los creacionistas. El apartamiento del profesionalismo es tanto más destacable cuanto que en otros temas el libro es admirablemente científico.

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